miércoles, 11 de diciembre de 2013

Cuentos y escritos de ciclismo


Sección dedicada a la literatura y el ciclismo. A continuación unos minirelatos, escritos, y poesía de varios amigos importantes escritores y amantes del ciclismo, quienes gentilmente nos han compartido sus letras.

 RUEDA CONTRA RUEDA





Como en toda buena bicicleta, Rueda de Delante tenía en su poder la capacidad de elegir la marcha en la que se había de hacer el avance, su dirección y, como no, el momento en el cual disminuir o frenar por completo el movimiento del aparato, mientras que Rueda de Atrás, se resignaba a ejercer únicamente el influjo mecánico que hacía que el ciclo cobrase vida.

 Según pasaba el tiempo, Rueda de Atrás observaba como Rueda de Delante dejaba paulatinamente de consultar la dirección del viaje. Al principio, Rueda de Atrás no le daba importancia cómo y por dónde se fuese, pues ella, como buena rueda de atrás, sabía que su trabajo era simplemente transmitir la energía necesaria al mecanismo para que, ya más tarde,  Rueda de Delante, tomase el camino. Rueda de atrás aún era joven y ni se planteaba que quizás, al formar parte esencial del funcionamiento, podía escoger también qué senda prefería. Pasaba el tiempo y Rueda de Atrás, cada día se sentía más y más cansada: había momentos en los que apenas podía mantener una liviana marcha. Aún así, Rueda de Delante, dirigente indiscutible del aparto, disfrutaba subiendo empinadas cuestas, vadeando ríos e incluso atajando por dunas de arena. Las quejas de su compañera le importaban bien poco.

Un día que la  bicicleta llevaba toda la jornada subiendo una empinada cumbre, Rueda de Atrás casi no podía ni con las tuercas. En ese momento de dolor inaguantable en pleno ascenso, cayó en la cuenta de que sin su movimiento, su hermana sería tan inútil como una piedra. Así pues, en ese mismo instante, la cansada rueda dejó de funcionar, y el ciclo paró en su subida, para que casi al instante, tras quedarse efímeramente quieta, comenzase a descender. Rueda de Delante, se quejaba, intentando dirigir la difícil marcha atrás, pero Rueda de Atrás sabía que si hacía caso al llanto de su compañera, otra vez caería en aquella insufrible situación anterior. En la aparatosa bajada, Rueda de Delante primero le prometió colaboración, luego suplicó sin razón y tirándose de los radios, para más tarde acabar amenazando penosamente a su análoga. Nada servía para que Rueda de Atrás volviera a marchar. De este modo acabó la bicicleta en el valle, parada y machacada y con sus dos ruedas mirándose una a la otra. Fue ahí donde Rueda de Delante tuve que entender que sin la otra mitad del engranaje no iba a ningún lado.

Desde entonces se dice que Rueda de Atrás es feliz, pues nunca más tuvo que enfrentarse a una cuesta sin su propio consentimiento, y si en cualquier momento empezaba a cansarse podía pedirle a su hermana que la llevara a mojarse a un charquito, para así luego, retomar la marcha y poder continuar su viaje juntas.

Manuel Atila Atienza, Madrid, enero 2014
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Manuel Atienza (Alcalá de Henares, 1996) Compagina sus estudios filosóficos con su inclinación por la literatura, escribiendo en secreto desde muy pequeño. Este es su primer relato público.



¿PAPÁ, INDURAIN EXISTE?






      Ocurrió durante una de tantas crisis económicas. Por entonces, me hallaba sumido en la ingente tarea de sacar adelante a mi recién constituida familia y la cosa no me iba precisamente bien; añadir que la familia la componíamos mi compañera, nuestras dos pequeñas hijas, una gata y yo. Soy de esa generación de españoles (a lo peor demasiados españoles somos de “esa generación”), a la que le tocó en suerte buscarse el sustento cuando peor pintaba la cosa, o como mínimo, cuando la cosa pintaba mal, bastante mal, pintaba tan mal como lo han sido, pintados, nunca mejor dicho, esos cuadros abstractos cuyo autor nos exige ver lo que sólo él ve, o lo que los demás no somos capaces de ver, que para el caso es lo mismo. 

       Pero como decía, por aquellos años mis dos hijas eran muy pequeñas, la menor apenas un bebé, y la otra, que fue precoz en eso de cobrar conciencia del lugar que se ocupa en el mundo, una parlanchina, que no hacía más que interrogarme acerca de la veracidad de ciertas noticias, que pillaba al vuelo en los informativos, en lo que oía hablar a sus mayores, en el colegio… Vamos, lo común cuando los horizontes de la infancia, se nos abren de pronto hacia todas partes de manera incontrolable. Ella, mi hija mayor, poseía incipientes algunas de las características más singulares de nuestra especie, como lo son la curiosidad, el tesón y la capacidad de ilusionarse. Mi pareja y yo, intentábamos procurar coherencia y estabilidad económica al conjunto familiar, que era lo que estimábamos básico para la correcta formación de nuestros retoños.

     Ni que decir tiene, que agarrarme a cualquier trabajo guardaba estrecha relación con lo señalado anteriormente. El trabajo estable era mi caballo de batalla; no olvidemos que, como decía más arriba, el tiempo al que me refiero discurría bajo los condicionantes de una crisis económica.

       De los estudios completados en la universidad, los míos, ni rastro; quiero decir, que cuando me enfrentaba a una posible oferta laboral, mejor no señalar que lo era, universitario. En más de una ocasión, se me había dicho que no me daban el puesto de turno, porque con semejante nivel académico si me salía una cosa mejor… Pues eso, servidor chitón. De primeras, cuanto más roma dibujase mi formación más posibilidades tenía. Creo que en la actualidad, dicha estrategia ha quedado obsoleta; los tiempos cambian y las crisis económicas se adaptan al ciclo de turno; atenazan más. Resulta que ahora, muchos desempleados son universitarios, saben idiomas, poseen cursos de postgrado...

      El caso es que yo, por entonces al menos tenía algo, un puestecito de supervisor en una empresa de servicios y un sueldo que viene a ser lo que hoy definiría el neologismo: un mileurista de perfil bajo; un desastre de la época, vamos.

       Pero llegaron aquellos primeros años de los noventa y a nuestra jodienda de patria, a nuestra españolidad despilfarradora de genio mal entendido, de gestas desproporcionadas, y mal entendidas, de éxitos, mal entendidos, y de un largo etcétera de malos entendimientos y sometimiento del paisanaje, acudió en su auxilio el que, para mí, ha sido el mejor ciclista de todos los tiempos, con el permiso de los mejores ciclistas de todos los tiempos. Me estoy refiriendo a Miguel Indurain, aquel navarro grande, soseras y callado que así, como el que no quiere la cosa, nos robó siestas que compensó con ilusiones, las tardes de aquellos veranos en que se empeñaba en subir cuestas, al ritmo de la cabeza tractora del tráiler al que siempre me recordó, precediendo a la estela de los saltamontes escaladores que, hasta entonces, eran los primeros ciclistas que solían superar las grandes etapas de montaña del Tour de Francia, que es la más importante carrera ciclista del mundo, a pesar de los pesares, que acumula unos cuantos.

        El caso es que el mocetón Indurain, a un servidor le impresionaba y admiraba a partes iguales. Como ciclista era un fenómeno, pero un fenómeno natural; quiero decir con esto, que en cualquier terreno, en cualquier circunstancia y cuando le convenía, él pedaleaba, pedaleaba… y los demás se iban quedando atrás, así de simple. Eso, de la manera en que Indurain lo hacía, no lo ha hecho nadie en el mundo del ciclismo, que yo sepa, y si el gran navarro no se prodigó más en semejante despliegue de clase, fue, creo, por una razón muy simple y es que Indurain no era un competidor egoísta, que viene a ser como decir que no representaba al perfil del campeón, y afino un poco más, no nos representaba como españoles, estos tipos rudos, puñeteros, fanfarrones y despilfarradores de sus logros, que con frecuencia hemos sido la gente que pulula a lo largo y ancho de la antigua provincia de Roma.

        Así y con todo, uno, o sea yo, procuraba no perderme cada sobremesa las gestas de mi ídolo, aunque a posteriori, semejante empacho de campeonísimo, provocase que regresara del trabajo, con la conciencia de ser una especie de gregario ciclista, que es ese señor que se infla a dar pedales como el que más, pero que siempre llega el último, y en ocasiones incluso fuera de control.

        En justicia, he de señalar que Indurain no era el culpable de mi frustración; entonces, como ahora (creo que los españoles hemos avanzado poco, en aquello que afecta a la parte más negativa de nuestro carácter aludido más arriba), era frecuente andar sometidos a un jefe con una formación, en todos los aspectos, no muy por encima de la nuestra (en bastantes ocasiones muy por debajo…), pero con más mala uva y, eso sí, con una decidida vocación por el garrotazo y tente tieso; otra de las singularidades que definen la españolidad.

        Raro era el día, que regresaba del trabajo sin la sensación agarrada a la tripa, de que aquél había sido el último como privilegiado asalariado y por lo tanto, con la incertidumbre de no poder afrontar en un futuro cercano, las deudas que menoscababan mi paupérrima cuenta del banco. Y lo que todavía era peor, con el regusto maligno de la amenazadora espada de Damocles en forma de jefe de turno, aquel mismo que, desde primera hora de la mañana, porfiaba con la cantinela de que como aquello no comenzara a enderezarse, muy pronto más de uno nos iríamos a la calle. Yo, por supuesto, me esforzaba para que “aquello se enderezase”, o al menos no se torciera más, que venía a ser igual; o puede que no, pero da lo mismo.

        Un día, cuando nuestro campeón había ganado todo lo que se podía ganar, pero por partida doble, triple… y más; nada que ver con los anteriores campeones hispanos, los del hachazo, el demarraje, los descensos a tumba abierta, o las paradas de leyenda para tomarse un descanso; un día como digo, ese día en que el gran Miguel Indurain pasó de ser un campeón más, a cohabitar con los grandes héroes del Olimpo, y dijo de la manera más sencilla y natural que hasta allí había llegado, que se volvía a casa, mi hija mayor, que de ciclismo sabía lo que me había oído a mí y poco más, o sea no mucho, me planteó la gran cuestión. Acababa de recogerla de la escuela infantil (por cierto que éstas y al paso que vamos también pronto serán leyenda), cuando me soltó a bocajarro la siguiente pregunta: ¿Papá, Indurain existe?

        De primeras me quedé un tanto desconcertado. Luego, toda vez que mi hija continuó insistiendo con su pregunta, procuré armar una respuesta convincente. ¡Claro!; dije. ¿Es qué no lo has visto en la tele? Y entonces apostillé vehemente, que Indurain no sólo existía, sino que era un gran ciclista, el mejor y, aunque no lo conocía personalmente, seguro que una gran persona.

        Mi hija se quedó pensativa y como no decía nada, quise indagar acerca de su repentino interés por mi ídolo en el deporte de las dos ruedas. Me interesé en el porqué de su pregunta. Su contestación fue categórica: es que en mi cole, los mayores dicen que ese que vemos por la tele no puede ser de verdad, que Indurain no existe, que es demasiado perfecto, como un juego de la “play o la peesepe”

          Me dejó perplejo. Junté algunos cabos y luego reflexioné:

        Al bueno de Indurain, se le había apodado de una manera que quizá fuese la causa de que, tal y como yo lo entendía, al llegar a sus oídos, al asociarlo mi hija con la imagen televisiva del ciclista y a los comentarios que había captado aquí y allá, hubiesen actuado deformando la realidad de su perspectiva infantil. En otra dimensión; concluí, les venía sucediendo a tantos otros españolitos, que a fuerza de escuchar el sonsonete de turno, acaban por creerse lo que se les quiera hacer que se crean.

        Aclarar, que en el mundillo ciclista, a Indurain se le tildaba de “extraterrestre y marciano”. Definición, a priori, tan alejada de su inmensa humanidad, como identificada parecía estarlo con aquellos epítetos que lo emparentaban con lo quimérico y sobrenatural; señas de identidad tan pacatas como efectivas, cuando se trata de plantar oposición a lo real, a lo terrenal, o cuando lo real no convence o simplemente incomoda porque vende poco. Y es que nuestra idiosincrasia es así, tendente a encomendarse al milagro y la superchería, y restadora de los genuinos méritos de lo auténtico, del esfuerzo, ya sea colectivo o personal, que acaece sobre el suelo que pisamos cada día.

       Yo, que siempre he andado peleado con la aludida mentalidad (y puede que excesivo), entendía que cuando a Indurain se le llamaba de aquéllas y otras maneras parecidas, de alguna forma se nos estaba negando al conjunto de los españolitos la capacidad de ilusionarnos por lo verdadero, por lo que existe, por lo material si se prefiere, por todo aquello en definitiva que es de este mundo…, por lo que podemos llegar a alcanzar con el tesón bien entendido... Vamos, que intuía que en el caso aludido, como en tantos, se nos estaba dando el cambiazo, que para los que manejan el cotarro no valía un tipo normal, que el meritorio tenía que ser un extraterrestre, o lo que es igual, una especie de muñequito virtual manifestándose en la piel de un deportista.

¡Pues no, no y no! Los héroes virtuales, algunos héroes virtuales no existen... ¡O sí?

Pobres nosotros, los atávicos, los rudos, los puñeteros, fanfarrones y despilfarradores de nuestros propios logros; me dije.

        Estoy seguro, de que Indurain jamás pretendió aquello, lo de ser un extraterrestre y menos que se le considerase un héroe virtual, un ser fantástico; pero resulta que acceder al Olimpo conlleva ciertos inconvenientes; al menos si se es español.

        Por fin, intenté explicar a mi hija lo que debería argumentar a cuantos le dijesen que Indurain no existía, pero como me di cuenta de que mis torpes explicaciones acabarían confundiéndola un poco más, acabé por, valiéndome de una pequeña treta, dejarle claro que Indurain sí existía.

       A ver querida hijita; dije, ¿tú tienes ilusiones, verdad? ¡Claro papá, tengo muchas ilusiones! Respondió. Lo ves, pues lo mismo que tú, las ha tenido Indurain; sin ilusiones jamás hubiese ganado lo que ha ganado. Sin ilusiones y con mucho esfuerzo -subrayé esto último-. Lo que pasa, y esto es la prueba de su existencia, de que es alguien como tú y como yo, es que un día se sintió tan satisfecho, que decidió que en adelante le tocaba disfrutar de sus logros. Puede que a partir de ahí algunos no lo entendiesen y por eso lo confunden con un juego virtual. Pero ¿a ti te parece correcto que alguien quiera disfrutar de sus éxitos, verdad?...

       La mente de mi hija, era lo bastante maleable, como para que la pequeña abstracción le resultase suficiente. Espero, no obstante, que ya de mayor y cada vez que se le plantee un dilema parecido, a su vez se responda con la reflexión correcta, que en el presente caso, vendría a afirmar algo así como que jamás se debe renunciar a las aspiraciones personales, si éstas son lícitas, que merece la pena fijarse metas, que ello nos obligará a esforzarnos, que el esfuerzo y el tesón son puntales de la esencia de la vida; esencia de la que es lícito y debemos aprender a disfrutar, y que algunos, los que no entienden de esencias, los menos sutiles, ignoran su existencia. Debemos porfiar para que esto no nos suceda.



Enrique Javier de Lara  5-12-2012


ENRIQUE JAVIER DE LARA FERNÁNDEZ

Su vocación viene desde la infancia (Madrid 1957) y continuó bajo la tutela de su padre gracias a la ayuda en el oficio paterno del diseño gráfico e ilustración de libros. Al día de hoy reúne varias novelas largas y breves, así como colecciones de relatos y poemarios como: “Ex socios y ex amigos” recogido en una antología de textos de escritores españoles, la novela corta “el Fotógrafo” en 2006, “Amaluba” en 2009, texto incluido en Relatos Solidarios Juan Bonald, obras seleccionadas en prosa y fotografía “Cruce de Caminos” en el 2009 y el relato “A otro hombre” en el 2013, relato publicado en la revista Barcarola. En el 2010 obtuvo el premio FELIPE TRIGO con la novela corta “CEREZAS”, que ha sido publicada por Algaida en 2012.  De Lara es licenciado en geografía por la Universidad de Alcalá y actualmente trabaja en la Concejalía de Cultura de la misma ciudad.







VIAREGGIO, EL CENTAURO
El farol, todavía encendido, comenzaba a ser inútil en el inminente amanecer. El niño había apenas dormitado; pasó las horas nocturnas enumerando proezas, vagas y recurrentes, sin decidirse. En el entresueño era capaz del heroísmo, como si la leve capa de oscuridad le permitiera lo que la luz plena le negaba.         
Cuando abrió los ojos lo atrajo la creciente claridad, brillante del otro lado de la ventana. Se vistió sin mucha precisión. Bostezando, se calzó la gorra y salió al descansillo de la casa.  La calle estaba vacía; de algún lugar cercano le llegaba, con metálica tenuidad, la voz de una radio. Se restregó los ojos y acarició el manubrio de su bicicleta, apoyada contra la reja de la medianera. Sonrió como confesándole un secreto.
Con pereza, por la calle polvorienta, una tropilla era arriada hacia el sur, hacia el río cercano. El niño levantó una mano, para saludar y protegerse del polvo, y persiguió a los potrillos con la mirada hasta que desaparecieron entre la polvareda. El sur, y más allá del río y del monte, el desierto. Y más lejos, quién sabe.
            El ultramar del cuadro se le antojaba al niño un cielo puro; e imaginaba las dos ruedas como nubes de la mañana, plateadas y con la frondosidad del infinito. Acarició la bicicleta como a un gato, susurrándole vaya uno a saber qué cosa en su idioma de niño. Se detuvo brevemente en la palabra Viareggio, que cruzaba la parte superior del cuadro, y volvió a preguntarse, como tantas veces, qué significado tendría esa extraña palabra.
            Pedaleando con solemne equilibrio se alejó de su casa. Cruzó las vías abandonadas del ferrocarril y se adentró en la avenida. Iba silbando, arte que supo aprender de su abuelo, con la brisa húmeda acariciándole las mejillas. Reconoció, como siempre, el caserío claro, pintado a la cal, del barrio obrero. En la bajada del frigorífico se dejó arrastrar, liviano, como si condujera el último tren que vio pasar por el pueblo.
            Ensimismado en pensamientos que le costaba ordenar, se descubrió atravesando los galpones y barracas de las viejas fábricas de los arrabales, fantástico laberinto de cemento y matorrales. Llegó hasta las chimeneas de los hornos de ladrillo, enormes naves piratas que siempre soñó tripular, y apuró a Viareggio, su noble corcel azul. Sin embargo, antes del abordaje, consideró necesario, por honor y por cansancio, detenerse ante el enorme castillo. El puente estaba bajo, por lo que pedaleó al trote hasta llegar a la fuente central.
            Recobró el aliento y avistó el horizonte. Las naves parecían haberse detenido. Acarició a Viareggio y volvió a montarlo; partió a toda prisa. Ya no era un niño, sino un centauro cuyo destino era conquistar tierras y mares lejanos. Se alejó, feliz y excitado, hacia los inmensos mástiles. En la carrera notó el peso de la carga a sus espaldas, sus brazos sudados, el cabello revuelto debajo de la gorra.
            Acarició el freno. Posó sus manos en la opacidad del manubrio y continuó repartiendo los periódicos.
           


  Pedro Luciano Colangelo (La Plata, 1970). Periodista y Licenciado en Comunicación Social. Magíster en Planificación y Gestión de Procesos Comunicacionales (Universidad Nacional de La Plata, Argentina). Ha publicado tres libros de poemas y sus trabajos han aparecido en varias antologías. Docente en Universidades ecuatorianas, escribe además sobre temas de sociología y comunicación. Algunos de sus escritos pueden leerse en el blog  ARTEFACTO.


LA BICICLETA
(Mecánica aplicada)


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 La pregunta, siempre que veo una bicicleta, es: "¿alcanzará la rueda de detrás a la rueda de delante?" Y la respuesta es: sí. Cada vez que la rueda de detrás pise por donde la otra haya pisado, la alcanza en ese instante. La bicicleta es la materia donde el razona­miento coge velocidad y se dispara. A setenta kilómetros por hora, el cerebro que monta en bicicleta tiene la sensación de ir más deprisa. ¿Eso por qué? Porque va más deprisa realmente. Ello sucede por la especial disposición de los piñones y el cuidado diseño de la máquina. Pongamos que una rueda girara en una dirección y otra, en la otra. Que la tracción sobre cada una de las ruedas se ejerciera en sentidos opuestos. ¿Qué pasaría entonces? Habríamos usado de nuestra inteligencia para nada. La Ley de la Palanca y el principio de la transmisión de la potencia se ha­brían formulado inútilmente. Pensemos, al contrario, que una rueda girara, y la otra no. Asistiríamos a la generación del cír­culo infinito. Que, en la práctica, no lleva a parte alguna. Se ha resuelto el problema disponiendo el conjunto en orden a su ob­jeto. De esa forma, una rueda va detrás de la otra y las dos en el sentido de la marcha y a la velocidad que el impulso ejercido de­termina.

Federico Volpini
Nació en Bogotá en 1952 y se trasladó a Madrid un año después, si bien pasó gran parte de su infancia en Suecia y Bélgica. En 1977 comenzó a trabajar en Radio Nacional de España, donde fue director de Radio 3 desde 1999 hasta 2003. Reconocido por sus seriales radiofónicos, su trabajo Herederos del tiempo fue obsequiado en 1998 con el más importante galardón europeo, el Premio Italia. Fue profesor de guión y realización radiofónica entre 1989 y 2009 del Master de Radio de Radio Nacional de España y Universidad Complutense. Ha publicado libros sobre radio como Diseño de programas en radio (1995), junto con M. A. Ortiz; novelas como El enigma del caballero en el espejo (1996) ,cuentos Las horas del gato y otras horas (1986), y Panta rei ( 1992); Con el seudónimo El Soso Cáustico, relatos en “Ciencia y ficción en el Mono Temático” y “Trelatos”, su última obra es la novela juvenil La noche de los lobos (2011)


COLGADA EN LA PARED



A Abraham González García y su abuelo, Antonio García Zapata.

En Cartagena, en casa de mis abuelos, hay una bicicleta de competición colgada en la pared, una Massi modelo Prestige. Recuerdo el día en que fuimos a comprarla a Ciclos Currá, una tienda cerca del faro, al otro lado de la ciudad, que hacía esquina, y que por fuera y de refilón parecía más una joyería que un lugar donde vendiesen bicicletas. 50.000 pesetas de aquellas, 50.000 pesetas de absoluta felicidad. Cambios de manillar, una línea fina y roja que adornaba las cubiertas y el cuadro. La recuerdo encima del capó del coche, como un Pegaso, como una hermosa ave de metal atada a la baca del Opel Corsa de mis abuelos. Por el camino, una de las correas de delante se desató debido a la fuerza del viento y la bicicleta parecía ir haciendo un caballito atravesando la autopista. Yo rezaba nervioso para que no le pasara nada, mirándola a través de la luna delantera del coche.

Cuando me fui a Berlín tenía dieciocho años. Recuerdo la fecha con exactitud porque para mí fue el último verano. El último verano que corrí con la Peña de los Amigos de los Alcázares, el último verano en que yo era el chico de las pulseras. No he podido sacar de mi memoria las sentidas lágrimas del Abuelo el día que nos despedimos. Él, el corredor más longevo del equipo, se encariñó conmigo desde el primer momento, la diferencia de edad nos hacía semejantes. El último verano, el último en que no fui de visita como ahora. Alguien pagó el uniforme del equipo. Como yo pesaba poco se me daba bien la montaña, me creía Pantani con el maillot de puntos rojos subiendo los puertos, era mi momento, atacaba en las escaladas y ponía distancia entre ellos y yo. Oía sus voces de ánimo y admiración apagándose tras mi espalda, el místico silencio del que va a la cabeza, veía en mi sombra el balanceo del escalador sobre la rampa, el perfil de mi cuerpo de pie sobre los pedales. Luego me volvían a coger en las bajadas, también debido a mi poca envergadura, pero ya no me importaba, había vuelto a ser yo, en los descansos se hablaría de mí, cañas de cerveza en mano.

Sé que mi abuelo cuida todavía de mi bicicleta, le hincha las ruedas de vez en cuando, comprueba los frenos y el recorrido de la cadena, y vuelve a colgarla en la pared. Las cámaras tienen que estar, sospecho con extraña melancolía a miles de kilómetros de allí, mientras caen blandamente las primeras nevadas de diciembre, picadísimas por dentro por la inactividad y el paso del tiempo. Sé que algún día, puede que nunca, volveré a Cartagena a descolgar mi juventud de aquella pared, a escaparme de nuevo, subiendo un puerto de segunda hasta escuchar el silencio sobre el inmenso azul del cielo y del verano, y las voces se apaguen tras mi espalda.




Escritor español. Licenciado en Filología Alemana en la especialidad de Literatura y Máster en enseñanza de la lengua alemana por la U. Complutense de Madrid. En la actualidad lector de español en la Universidad de Bamberg, Alemania, donde imparte, entre otros, cursos de Cultura  y Civilización española y Traducción y versión parafrásica de textos literarios del alemán al español. Publicó en 2009 su primera novela “Estrella y el olvido”, cuyos beneficios se destinan íntegramente a la lucha contra el cáncer. Ha colaborado activamente, en campañas solidarias en la lucha contra la pobreza en Brasil y también publica en la página web argentina Encuentos.com. En el año 2011 con motivo del 75 aniversario del asesinato de García Lorca se representó en los teatros de Madrid su monólogo “Noche de amor oscura”. En 2012 ha publicado dos microrrelatos en las respectivas antologías de los certámenes “On the road” dedicado a la generación Beat y “Novela Negra” organizados por la editorial madrileña Artgerust. Desde el año 2010 mantiene su blog: http://lascadenasdeandromeda.blogspot.com




LA BICI ROSA



Rosa y con cesta. Así quería Estrellita su bici, toda rosa, con lacitos en el manillar y una cesta delantera donde ir guardando sus tesoros en bolsitas de plástico. Ya se imaginaba ella pedaleando por el camino del cementerio, el más arreglado del pueblo, tocando su timbre para apartar a los gatos curiosos, saludando a sus amigas, con la sonrisa del triunfo reflejada en su carita de niña buena, que diría: “ésta bici es mía, sólo mía “. Pero todos pensaban  que no merecía la pena y la bici nunca llegó.

Hasta hoy.

Quince años después. 

Estrella Dorado Luna, primera mujer medallista en velocidad pasea su bici rosa por las pistas de los estadios. No tiene cesta, ni timbre, pero sí un lacito, rosa también, el que adorna con un bonito trenzado su pierna ortopédica.

Cabezona , “la estrellita”.


Anika Jimenez
Escritora secreta que recién comienza a hacer público sus microrelatos, llenos de magia y de inocencia. Esta escritora vasca representa  lo mejor de la literatura oculta que se dice, pero no se publica. Anika Jimenez es la voz de la literatura que no se lee, pero se presiente. Incluso para ella la literatura es algo desconocido que no le pertenece, pero no tal. Las bicicletas de Anika demuestran que las bcicletas  no sólo son para el verano.
 



A TROMPADAS



Mi padre intentó enseñarme a montar en bicicleta cuando era pequeño. Me compró una BH azul, con dos ruedas atornilladas atrás, que poco a poco iba subiendo para que me acostumbrase a ir sin ellas y, finalmente, aprender a montar en bici a dos ruedas. Por desgracia, por muchas veces que bajábamos al parque y a una pequeña plazoleta que había debajo de mi casa, nunca se produjo ese mágico momento, un tanto de película, que mi padre buscaba: ése en el que su mano me soltase del asiento de atrás y yo saliese disparado y raudo hacia adelante, sujeto sólo por mi propio equilibrio, sin la ayuda de las dos ruedas de atrás.

Unos años después, cuando mi padre ya no estaba, volví a coger la misma bici, y como me daba vergüenza que mis amigos me viesen montando con las dos ruedas de atrás, decidí quitarlas y aprender a montar solo. Los golpes y caídas se iban sucediendo inexorablemente, uno tras otro: me estrellaba contra coches aparcados, bocas de riego y contenedores de basura, hasta que así, solo, a base de trompadas, aprendí a montar en bici. Y en el fondo, esa es la única manera que he tenido de aprender las cosas.



ALEJANDRO PALACIOS

Joven poeta español de alto calado, que representa en estos momentos a lo mejor de la poesía última española, ha publicado "Desposesión" en Ed. Mingaseda, año 2002 y está en prensa su última obra "Carne de luna", que se editará a comienzos de año. De profesión economista, compagina esta actividad con la literaria, en la que predomina su gusto por los clásicos barrocos españoles y la modernidad más acendrada.
 

OCAÑA CONTRA OCAÑA

Le quisieron francés a Luis Ocaña,
pero conquense es quien nace en Priego.
A pesar del gabacho y de su ego,
Ocaña no es francés, es pura España.

La muerte le segó con su guadaña,
un muerto elemental, sangre de riego,
xenófobo también, que no lo niego,
y ciclista mundial, tanta su maña.

Hasta el propio Eddy Merckx le tuvo miedo.
Un tour le arrebató, ahora me acuerdo.
Con él plantó su único viñedo.

Por loco le tasaron siendo cuerdo,
pues de tanto caerse era un remedo.
Luis Ocaña, el suicida, en el recuerdo.

                               PEDRO ATIENZA
                             Poeta y escritor español



MÁS ALLÁ DE LAS NUBES
"EL ÁGUILA DE TOLEDO"

    

Hay pedaleos épicos y los hay líricos. El suyo era épico. La bicicleta parecía un artefacto mareado entre sus piernas, balanceada como un péndulo en un esforzado ritmo matemático por sus poderosos muslos, en pie sobre ella, sin resuello casi, respirando como un fuelle bronquítico, pulmonar, que nunca se paraba.

Corría 1959, y se corría el Tour de Francia. En los precipicios más grandes de los Pirineos ya había dado lo suyo a Anquetil, a Poulidor y a Van Impe, sus enconados enemigos. Los dejaba tirados en las primeras rampas pirenaicas, cuando su "bici" y él parecían un barco ebrio subiendo encabritados a través de aquel oleaje rocoso. Demarraba, daba tirones de titán, y los demás sólo podían vislumbrar su espalda, mientras él, sudoroso y tensado, absorto, recordaba las calles empinadas y medievales de su ciudad, engrupando a su primera compañera, más pesada que él, con las llantas enroscadas a su torso, menudo y vaciado en su esfuerzo por subir, siempre subiendo.

Ya en la cima, coronado el puerto, esperaba al pelotón comiéndose un helado, apoyado en su yegua metálica, pues le daba pavor  bajar solo a su suerte aquellos riscos vertiginosos.  Así hizo una y otra vez, una forma como otra cualquiera de perder una carrera. Era un ave rapaz que no se tiraba en picado sobre su presa. Era el Águila de Toledo. Era Federico  Martin Bahamontes, en su segundo apellido llevaba incorporados los espacios siderales por donde le gustaba acampar.

Y ahora tocaba ascender el Puy de Dome, el mítico y majestuoso puerto, la puerta hacia la victoria, si sacaba a Anquetil el tiempo suficiente para poder luego naufragar en el llano. Aquella crono escalada se convirtió en el delirio de toda España, que por entonces estaba gobernada por un dictadorzuelo de voz atiplada llamado Francisco Franco. Todos los oídos y todos los ojos del país, estaban allá arriba, en la mágica montaña que nos separaba de Europa, del mundo entero. Las piernas de Federico eran la voz de España, enmudecida hasta entonces por la guerra civil y el desamparo.

En una lucha contra el crono, se consuma la soledad del corredor de fondo. Bahamontes, más sólo que la una, miró hacia arriba y no vio nada, pero en sus sienes le palpitaba un pueblo que le decía "sube Federico sube" y el águila cogió vuelo. El mentón apretado, la mirada vidriosa y el pedaleo airado, guerrillero. Federico se echó al monte para devorarlo, para comérselo a trechos en cada recodo, en cada curva, en cada rampa. En ésta ocasión la victoria estaba en lo alto y nadie se la robaría. Luego podría comerse su postre favorito: un helado. Y más tarde, en un país llamado España, mirando más allá de las nubes todos sus paisanos dirían: "mirad, allá vuela  el Águila de Toledo.  Jamás tendrá ya que aterrizar de su alto vuelo ".

PEDRO ATIENZA
Escritor, poeta y periodista español. Autor de varios libros  de ensayo y poesía. Se ha ejercitado en el periodismo a lo largo de treinta años en diferentes medios de comunicación nacionales e internacionales: RNE, TVE, COPE, EL PAÍS,entre otros.  Muchos de sus poemas en clave flamenca son cantados por una buena parte de los más acreditados cantaores de la actualidad y ha dictado conferencias sobre flamenco y poesía en numerosas universidades europeas y americanas. Web: www.materialdederribo.blogspot.com

2 comentarios:

  1. Excelentes idea la de los relatos, como excelentes estos.¡ Enhorabuena!

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  2. están muy buenos estos relatos del deporte

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